domingo, 24 de octubre de 2010

Uno de los primeros cuentos de MVargasLlosa


 

Lea el primer cuento que escribió Mario Vargas Llosa en El Dominical

9/12/1956. El escritor tenía 20 años cuando publicó su segundo cuento de su carrera. Se trata de "El Abuelo" que reproducimos a continuación

 

Por: Mario Vargas Llosa

 

Cada vez que el viento desprendía una ramita o golpeaba los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, haciendo ruido, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado que era una enorme piedra y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña, encendida hacía rato, y bajo ellas sombras medio deformes que se deslizaban de un lado a otro con las cortinas, lentamente. El viejecito había sido corto de vista desde joven, y también algo sordo, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si la cena había comenzado, o si aquellas sombras movedizas las causaban los árboles más altos.

 

Regresó a su asiento y esperó. La noche anterior había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos abundaban, y los esfuerzos desesperados de don Eulogio, que agitaba sus manos constantemente en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaído y se sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Tenía frío, le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente momento atrás, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, sorprendiéndolo de pronto en su escondrijo. "¿Qué hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?". Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los bloques de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba a la puerta trasera esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, recordando haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía deslizarse hacia la calle sin ser visto.

 

"¿Si hubiera venido ya?", pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como dormido. Solo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de sus manos golpeándole el muslo. Pero era imposible. El niño no podía haber cruzado la huerta aún, porque sus pasos lo habrían despertado, o el pequeño, habría distinguido a su abuelo, encogido y durmiendo, justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina.


Esta reflexión lo animó. El viento soplaba con menos violencia, su cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando entre los bolsillos de su saco, encontró pronto el cuerpo duro y cilíndrico del objeto que había comprado esa tarde en el almacén de la esquina. El viejecito sonrió regocijado en la penumbra, recordando el gesto de sorpresa de la vendedora. El había permanecido muy serio, taconeando con elegancia, agitando levemente y en círculo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer pasaba frente a sus ojos cirios y velas de sebo de diversos tamaños. "Esta", dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla, pero don Eulogio se negó, abandonando la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club, encerrado en el pequeño salón del rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de suave color escarlata, abrió el maletín que traía consigo, y extrajo el precioso paquete. La tenía envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.

 

A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chofer que circulara despacio por las afueras de la ciudad, corría una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y roja del cielo sería más sorprendente y bella en medio del campo. Mientras el automóvil corría con suavidad por el asfalto, sus ojitos vivaces, única señal ágil en su rostro fláccido, lleno de bolsas, iban deslizándose distraídamente sobre el borde del canal vecino a la carretera, cuando de pronto, casi por intuición, le pareció distinguir un extraño objeto.


"¡Deténgase!" -dijo, pero el chofer no le oyó-. "¡Deténgase! ¡Pare!".

Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura forma impenetrable despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era un poco pequeña y se sintió inclinado a creer que era de un niño. Estaba sucia, polvorienta, y el cráneo pelado tenía una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior. Entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga lengueta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo…

 

Dos días la tuvo oculta en el cajón de la cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro permaneció en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles lujosos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza: se diría que examinaba con devoción profunda los complicados dibujos sangrientos y mágicos del círculo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al comienzo estuvo muy preocupado. Pensó que podían ocurrir imprevistas complicaciones de familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó solo un momento de su mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época cercana aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía y sin vida, sino habitada de animalitos pardos y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los sacudía un débil y brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente recordaba haber soñado que una larga fila de grandes hormigas rojas invadía sorpresivamente el palomar, causando desasosiego entre los animalitos, mientras él, en su ventana, advertía la escena por un catalejo.

 

Había imaginado que la limpieza de la calavera sería un acto sencillo y rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído polvo y tal vez era excremento por su aliento picante, se mantenía soldado en las paredes internas y brillaba como metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que fuera visible que disminuía la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes de que esta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza sería posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo, arrancándole con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que aquel intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, luego acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz: una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies durante unos minutos, mientras él ni siquiera notaba que se humedecían sus dedos y el borde de sus puños. De pronto, puesto de pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, luciente, inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la suave superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente. Cerró su maletín y salió precipitado del Club. El automóvil que ocupó en la puerta lo dejó a la espalda de su casa. Había anochecido. En la fría penumbra de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviera clausurada. Enervado, calmo, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y que aquella cedía con un corto chirrido.

 

En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos que su corazón parecía una bomba de oxígeno golpeándole el pecho. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza y se resbaló de la piedra, cayendo de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en un sabor desagradable de tierra mojada en la boca, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado en las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo para elevar la mano que aprisionaba la calavera de modo que esta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo siempre limpia.


La pérgola estaba a cincuenta metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del corredor, una forma clara y esbelta, y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más oscura y pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angustiosamente, pero en vano de distinguir al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, purísima, que cruzaba el jardín como un animalillo. No esperó más: extrajo la vela de su saco, juntó a tientas ramas, terrones y piedrecitas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre la piedra. Luego con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado para verlo mejor, comprobó de nuevo que la medida era justa: por el orificio del cráneo asomaba un puntito blanco como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y, aunque las palabras eran todavía incomprensibles, don Eulogio supo que se dirigía al niño. Hubo en ese momento como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la mujer, los cortos gritos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo: lo interrumpió como una explosión este último. "Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy". Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados, pero casi de inmediato dejó de oírlos.

 

¿Venía corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que le estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio solo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aun segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque lo que veía no era exactamente la imagen que supuso cuando una llamarada sorpresiva creció entre sus manos con un brusco crujido, como de muchas ramas secas quebradas a la vez, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por los huesos de la nariz y de la boca. "Se ha prendido toda", exclamó maravillado. Había quedado inmóvil, repitiendo como un disco: "fue el aceite, fue el aceite", estupefacto y embrujado ante el espectáculo medio macabro, medio mágico de la calavera en llamas.

 

Justamente en ese instante escuchó el grito. Fue un grito salvaje, como un alarido de animal herido, que se cortó de golpe. El niño estaba delante de él, en el círculo iluminado por el fuego, con las manos retorcidas frente a su cuerpo y los dedos crispados. Lívido, estremecido de terror, tenía los ojos y la boca muy abiertos y estaba rígido y mudo y rígido, haciendo unos extraños ruidos con la garganta, como roncando. "Me ha visto, me ha visto", se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquel rostro de huesos que llameaba. Sus ojos estaban inmovilizados, con un terror profundo y eterno retratado en ellos, fijamente prendidos al fuego y a aquella forma que se carbonizaba. Don Eulogio vio también que a pesar de tener los pies hundidos como garfios en la tierra, su cuerpo estaba sacudido por convulsiones violentas. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el espantoso aullido, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de espanto. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido incluso más perfectos que su plan, cuando sintió muy cerca voces y pasos que avanzaban y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía en su carrera a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, salvaje también pero menos puro que el de su nieto. No se detuvo ni volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho, respirando mejor, más tranquilo.

 


         Carlos Alberto Morales Paitán 
    Pediatra - Hospital del Niño - Lima, Perú - Mobile999-185-042
            Acceso directo a mi Blog:  www.karlmoralesp2010.blogspot.com/ 

Bach, Anne Bronte y mucho mas


 

Feliz domingo,

les transmito los enlaces para las ultimas novedades de mis mediatecas virtuales. Esta semana, lamentablemente, debito a problemas tecnicos, son muy pocas, pero... algo es algo...

Un saludo italiano

Valerio Di Stefano

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Obras de Jorge L. Borges ....

esde su primer libro hasta la publicación de sus Obras Completas (1974), trascurrieron cincuenta años de creación literaria durante los cuales Borges superó su enfermedad escribiendo o dictando libros de poemas, cuentos y ensayos, admirados hoy en todo el mundo.
Recibió importantes distinciones de diversas universidades y gobiernos extranjeros y numerosos premios, entre ellos el Cervantes en 1980.
 
Su obra fue traducida a más de veinticinco idiomas y llevada cine y a la televisión.Prólogos, antologías, traducciones, cursos y charlas dan testimonio de la labor infatigable de ese gran escritor , que cambió la prosa en castellano, como lo han reconocido sin excepción sus contemporáneos.
 
Borges falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986.
 
 
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sábado, 23 de octubre de 2010

el tiempo no existe. Sol,o es un continium

me afecta la altura
no se porque vuelvo recurrentemente aqui
yo no soy historicista
pero acaso el tiempo existe ?
o es que mi presente es solo el pasado
tal es la fuerza que tu tienes?
que aun crees que puedes recuperarme

Jack Holland

Biography of Jack Holland

Jack Holland was born into a world that no longer exists. It was a world of cobble-stoned streets lit by gas light, where deliveries were still made by horse-driven wagons. Later in life, he would chronicle its passing in short stories and newspaper columns for the Irish Echo. Those columns gained him a faithful readership among many older Irish and Irish-Americans who also remembered living in a society that was still steeped in the Victorian age.

Born in 1947, Jack was raised in Belfast, Northern Ireland. He came from a mixed Catholic-Protestant working class family. He was the eldest child of Richard (Jack) Holland, from north Belfast, and Elisabeth Rodgers, from the Markets. He always spoke with great warmth and nostalgia of his early years. They were spent in a big house in Dougalls Yard in the center of Belfast, where his paternal grandfather, William Henry Holland, who had been wounded in the Battle of the Somme, kept the stable of carthorses that in post-WWII Belfast were still delivering milk and other goods to people's homes.  Until his grandfather died he lived an idyllic infancy, an only child fussed over by adoring grandparents, parents and a paternal aunt and uncle, all of whom shared the large but cozy living quarters above the stables.

His grandfather's death in 1953 coincided with the rise of the automobile and the end of the carting business, and the family broke up.  His Uncle Tom and his father, both amateur boxers and dance instructors, became truck drivers. Because of a public housing crisis at the time, in which many Catholic families faced long waits for homes in Catholic neighborhoods, "wee Jack" went to live with his parents in Highcliff Gardens, a newly built Protestant housing estate on the windswept outskirts of Belfast.  Till the day he died, that name filled him with dread: there he was marked as a Catholic by his school uniform, and he was beaten because of it by unenlightened little fellow Christians. He had a long and often dismally rainy commute to school, and he missed the warmth of the extended family as well as the hustle and bustle of the city center. It was a terrible shock to his sensitive little soul. 

His grandmother, Kate Murphy Holland, a strong-minded matriarch from Rostrevor, County Down, came to his rescue and insisted on raising him in a tiny two-up, two-down terraced house on Drew Street, in the relative safety of the large Catholic community of the Falls Road. Jack grew up there with his granny, Uncle Tom and Aunt Cissy, a linen mill worker. He would visit his parents their daughters Kathryn, Elizabeth and Eileen, and their youngest, Thomas, on weekends. Jack's sisters still recall how they used to delight in these visits because he brought them gifts and took them "to the pictures."

A recalcitrant student, Jack loved books as much as he hated school.  Uncle Tom spoiled him, indulging his insatiable curiosity by buying him books, toys and telescopes.  With the pocket money Tom gave him Jack would spend his Saturdays pouring over the used books in the Smithfield market, finding treasures like The Golden Book of Astronomy and Caesar's "Gallic Wars." He would remain fascinated by astronomy and ancient history for the rest of his life. Childhood friends still remember his enthusiasm as he shared his love of astronomy and military history with them.  At the age of nine, he was the youngest member of the Royal Irish Astronomy Society; Tom would drive him to their meetings in his grand Armstrong Sydney. 

As a young teenager he attended St. Thomas's Secondary School, a huge holding pen for working-class lads, many of whose lives would later be defined by poverty, prison and political struggle.  He was fortunate enough to have the writer Michael McLaverty as his headmaster and Seamus Heaney as his English teacher.  When he was expelled from St. Thomas' for insubordination, Uncle Tom managed to have him admitted to St. Malachy's , a middle- class school which put him on the track to university. He was of that first generation of working-class kids who had access to higher education, and after two years at Magee College in Derry, he went to Trinity College in Dublin to finish his BA in English literature.

In 1971, after saving money for postgraduate studies by working for the Irish railways as a porter and a "snatcher," he went to the University of Essex in England and received a Masters Degree in theoretical linguistics.

In 1973 he met my mother, Mary Hudson, an American who was living in Paris.  They fell in love at first sight, and Mary left her life in Paris to join him in Dublin, where I was born in 1975.  At the time Jack was writing for the remarkable weekly Hibernia, owned by John Mulcahy and edited by Brian Trench.  Under their leadership Hibernia was the most audacious and perspicacious newspaper of its day, reporting fearlessly on political, cultural and literary issues.

In 1976 Jack accepted a job as a researcher with the BBC in Belfast.  There, with Jeremy Paxman and other outstanding journalists, he worked on the current affairs program "Spotlight."  His roots in the working-class community were an invaluable asset there, as they would be throughout his journalistic career.

The following year we moved to New York, where my father made a living out of his freelance writings. Over the years, Jack published four novels and seven works of non-fiction, most of the latter having to do with politics and terrorism in Northern Ireland.

 


Parents, Jack & Elizabeth Holland (Undated)


Jack as a boy (Undated)


Drew Street, Belfast (1975)
The street where Jack grew up


Andersonstown (1975) - Jack with sisters Eileen, Elizabeth, and his mother


Jack at his desk in Hibernia magazine (1975)

 

One of them, "Phoenix: Policing the Shadows," (with Susan Phoenix) was the story of a Special Branch policeman who died in the Chinook helicopter crash in June 1994 which killed the top anti-terrorist brass of the British Army and Northern Ireland police force.  The book would prove to be very controversial, as Jack was known as a member of the nationalist community and "Phoenix" was a sympathetic portrait of the man who led surveillance activities for the Royal Ulster Constabulary. Many still refuse to believe the truth about his relationship with the Phoenix family, castigating him as a sell-out if not a traitor.  

The truth is otherwise.  My parents met the Phoenixes in 1992 when they rented our house in Trevignano Romano near Rome, Italy, where we lived for 5 years in the late 1980's.  He wrote the book out of friendship, curiosity and absolute commitment to discovering the truth as best he could, regardless of ideological or political concerns.  He was fearless and fair in his reporting.  The book was a best-seller. Ian's widow Susan, has now finished another book entitled "Out of the Shadows: a journey back from grief," which was dedicated to Jack's memory and published in 2005 by Hodder & Stoughton.   

A talented versifier, my father wrote a parody of Byron's "Don Juan," (entitled "Sean Juan") published by Lapwing Press in Belfast in 1994.  It recounted in "ottava rima" a fictionalized version of his life growing up in Catholic schools in Belfast.  He could frequently be found jotting down limericks parodying the events of the day. Among his most engaging rhymes is a series for children about dinosaurs, one of his many scientific interests.

Although he made his bread and butter writing about Irish politics, his real passions continued to be ancient history, literature and astronomy. He was a very witty and intellectually engaging man.  He taught in the NYU journalism department, where he was a popular teacher.  Aside from his books, he collaborated on a number of television projects, including a Channel 4 documentary commemorating the 25th anniversary of "the Troubles." He also wrote an award-winning television documentary "Daughters of the Troubles," with producer Marcia Rock.

Statesmen like Ted Kennedy and Hilary Clinton depended on him to give a balanced and astute analysis of the political situation in Northern Ireland, and wrote my mother letters to that effect when he died, as did the President and Prime Minister of Ireland, the Minister of State for Northern Ireland, and other prominent political figures.

When Jack died on May 14, 2004, he left behind many heartbroken friends all over the world.  He was loved for his sharp wit, his self-deprecating sense of humor, his kindness, his fairness and for his avid curiosity about life and other people's stories. 

domingo, 10 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa

 
 
 
---------- Mensaje reenviado ----------
De: Claudio Zegarra Arellano <claudio_zegarra@hotmail.com>
Fecha: 9 de octubre de 2010 00:37
Asunto: [exalumnoslasalle] Mario Vargas Llosa
Para: "lasallepromo85@yahoogroups.com" <lasallepromo85@yahoogroups.com>, lasalle@listas.rcp.net.pe, exalumnoslasalle@yahoogroups.com


 

Una noticia que también tiene "algo" que ver con La Salle sobre el antiguo alumno peruano Mario Vargas Llosa.

 

Saludos

 

CLAUDIO ZEGARRA ARELLANO

Administrador de listas lasallistas en internet

Distrito de Perú

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    OCTUBRE 26 - 30, 2011
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    Mario Vargas Llosa



    ---------- Mensaje reenviado ----------
    De: Claudio Zegarra Arellano <claudio_zegarra@hotmail.com>
    Fecha: 9 de octubre de 2010 00:37
    Asunto: [exalumnoslasalle] Mario Vargas Llosa
    Para: "lasallepromo85@yahoogroups.com" <lasallepromo85@yahoogroups.com>, lasalle@listas.rcp.net.pe, exalumnoslasalle@yahoogroups.com


     

    Una noticia que también tiene "algo" que ver con La Salle sobre el antiguo alumno peruano Mario Vargas Llosa.

     

    Saludos

     

    CLAUDIO ZEGARRA ARELLANO

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